Yo soy aquel que cantó en otros tiempos canciones pastoriles
al son de mi delgado caramillo. Después dejé los bosques
y forcé a las campiñas colindantes a plegarse
al codicioso afán de los labriegos. Mi obra fue de su agrado.
Y ahora canto las armas horrendas del dios Marte
Virgilio
Hilario subió sus dos inmensas bolsas de malla a la parte posterior de la camioneta. Resollando les hizo un lugar entre galones de gasolina y llantas usadas, justo detrás de la cabina; a traves de la ventana posterior de la misma podía verse el reverso de la cabeza de Don Porfirio, enfundada en su sombrero gris. Cada jueves se veían a las dos de la tarde en la glorieta que está dos curvas antes de llegar a la central de autobuses: cada pasajero le pagaba veinte pesos a Don Porfirio por el viaje hasta San Diego de Alejandría; cada semana podían costearse menos el viaje y con cada ida al mercado tenían que quitar un par de tomates, una cebolla, un manojo de chiles de sus bolsas para poder trasladarse de vuelta con los víveres, pero no había de otra: no había autobús de Uruapan a San Diego. Y cada semana las cosas estaban más caras: el pasaje seguía igual. Don Porfirio les había advertido ya que pronto tendría que cobrarles 25 pesos si seguían subiendo el precio d ela gasolina. Hilario se limpió el sudor de su frente amarilla con el pañuelo que llevaba en la bolsa y después volvió a poner su cachucha en su lugar. Dos grandes platos de sudor se extendían en su camisa vieja, debajo de sus axilas. Los mismos de siempre tomaron asiento junto a él sobre la caja abierta de la camioneta Ford 1975: el decrépito Don Samuel, que venía a vender plantas para limpias y pedazos de chatarra, Alberto, el hijo de Celerina, gordo y huero, con una botella de aguardiente en una mano y una coca cola en la otra. Los dos hijos de Elba, la prima de Hilario: 14 y 17 años. Ellos venían cada semana nada más a ver que podían sacar. A veces caminaban por las calles tocando timbres y ofreciendo barrer la banqueta de la casa o si no se ponían en los semaforos a hacer malabares y pedir dinero… si es que a pasarse dos naranjas de una mano a otra se le puede llamar un “malabar”. Hilario se lamió los labios y su lengua apareció como un gordo gusano marrón a través de su boca desdentada. Sólo entonces se dio cuenta de que Alberto no era el único huero en la camioneta ese mediodía: otro huero estaba subiendo sus cachibaches a la camioneta y los saludaba a todos con una sonrisa ladeada, sin decir nada, con un movimiento de cabeza. Éste huero era de esos hueros que vienen de la ciudad, que siempre traen una especie de aura alrededor suyo a través de la cual uno no puede pasar. Hablan un idioma distinto, se mueven de manera distinta, tienen distintos problemas: en una palabra, pertenecen a la misma raza y al mismo mundo sólo de nombre, por afuerita, en la superficie. Cuando el papá de Hilario todavía estaba vivo, le gustaba extenderse en detalladas discusiones sobre las partes y las vísceras de los animales que sacrificaba en el patio de la casa: “el cogote”, decía “es la parte más importante del cuerpo. De ahí es de donde los animales sangran con más fuerza, y es ahí en donde uno siente la presión cuando uno está preocupado, cuando lo vienen persiguiendo a uno, o cuando uno está enamorado.” El cogote de la gente de la ciudad podía estar en el centro de la luna, en el fondo de un lago o en cualquier otro lugar invisible, pero no en el mismo lugar expuesto al sol en el que estaba el cogote de la gente que Hilario conocía. Nadie se atrevió a entablar la misma conversación de siempre ante la presencia del desconocido, y cuando la camioneta se puso en marcha sólo las risotadas de Don Porfirio se dejaban escuchar, quien bromeaba ruidosamente con una mujer obesa a quien había conocido la noche anterior en un prostíbulo.
El huero en cuestión traía unas resistentes botas marrones y ropa limpia, nueva y resistente: una camisa de manta, pantalones de trabajo y un cinturón de cuero con adornos de esos que venden en el mercado. En su rostro se leía la tranquila felicidad y satisfacción que resultaba tan extraña a las personas del pueblo. La camioneta traqueteaba por el camino, y el desconocido sonreía, cerraba los ojos, levantaba la cabeza, aspiraba el aire profundamente y parecía querer absorver con todos los poros el verde de los árboles. Como único equipaje traía un morral de esos que parecen como del futuro, como los que trae la gente de la tele. Dentro, Agustín había guardado dos pares de ropa, idénticos a lo que ahora traía puesto (dos pares de calcetines, dos camisas, etc.)- y un grueso libro para las clases. Nada más. El resto se había quedado en su departamento del edificio Algeciras, cerca del metro Viveros. En el D.F. Siempre había tenido una relación ambivalente con la ciudad. La extrañó sobre todo durante los años que vivió en el extranjero. Había muchas cosas que no le gustaban. Había llegado a odiar brutalmente el ambiente académico. Muchas cosas le llamban la atención, pero no eran los puntos “cosmopolitas” o “culturales” de la ciudad, sino los huecos en las azotes, los edificios abandonados, las fábricas que habían dejado de funcionar hace mucho tiempo y cuyo interior podía verse a veces desde las partes más altas de los ejes viales. Las tardes y la profunda soledad que se siente en medio de toda esa gente. Las estaciones de radio y los programas. La costumbre que tiene la gente de escuchar el radio en el automóvil. Los lugares para comer. Todo lo que hay de misterioso en la sombra que proyectan esos millones de existencias apiñadas en un solo punto. Eso era lo que le apasionaba de la ciudad. Pero sabía que no duraría más de medio año viviendo ahí. A pesar de haber nacido en la ciudad, siempre seria un pueblerino. Alguien le había dicho que su “provincialismo crónico” era una consecuencia de su misantropía. Su psicólogo de la colonia Roma le había dicho que podía tratarse de un síntoma de neurosis.
La camioneta circuló unos 50 kilómetros sobre la carretera federal en dirección al lejano puerto de Lázaro Cárdenas. El camino ya era lo suficientemenete malo hasta ese punto. Después, de pronto, tomaron la desviación hacia los Mexicanos, y el viaje de tres horas por caminos de terracería comenzó. Alberto se había quedado dormido. Y la botella de plástico vacía se mecía entre sus pies. Botellas parecidas se veían esparcidas aquí y allá por el bosque, junto con latas oxidadas y basura tan vieja que ya había perdido su forma original. El sol del mediodía se perdía cada vez más entre las copas de los árboles y Agustín sintió por primera vez el aire frío de la sierra que envió escalofríos por su espalda y lo hizo notar por primera vez la falta de chamarra y cobija entre sus prendas de viaje. A su alrededor no había nada más que silencio: un silencio tan denso que podía percibirse incluso a través del traqueteo de la camioneta que saltaba con cada vache, el silencio de la estación seca. Los ríos estaban secos, con basura dispersa sobre algunas de las piedras. La estación seca era para Agustín el invierno de México: muchas plantas pierden sus hojas y parecen hibernar, los caracoles desaparecen, los animales casi no se dejan ver. Un invierno caliente y seco y polvoriento. Sólo con las primeras lluvias llega la primavera. Entonces cantan los pájaros y los y todo parece despertar a la vida. Agustín no podía vivir en el norte del país porque no soportaba no ver cosas verdes alrededor suyo. En la época seca del norte no había nada verde por ningún lado. Aquí por lo menos tenía a los árboles. Y los lagos siempre tenían agua. Vivir entre naturaleza sin colores era un dolor continuo, un silencio terrible, como un dolor de muelas en todos los huesos del cuerpo.
Dejó caer la cabeza hacia atrás y aspiró el aire del bosque con toda la fuerza de sus pulmones. Si tan sólo no hubiera tanta basura. “El campo mexicano está lleno de basura porque la gente aún no se ha familiarizado con el concepto de lo artificial” le dijo una vez Alfredo DoSantos, profesor de Antropología con varios trabajos de campo en la jungla chiapaneca “si supieranq ue tirar una blsa de plástico al suelo no es lo mismoq ue tirar una cáscara de una fruta o los restos de la comida no lo harían… probablemente”. No conocen el sentido de lo artificial. De ninguna manera. No eran como la mayor parte de la gente que Agustín había conocido en su vida: en su infancia las viejas decrépitas predigando una moral falsa y acartonada y los familiares más jóvenes que escuchaban sus peroratas y cuidaban de ellas sólo para poder heredar su fortuna. Eran europeas. Tías lejanas. Agustín las iba a visitar un par de veces a la semana y sus casa olían siempre a lo mismo. Siempre tenían una abundante servidumbre y jardines muy grandes. Una de ellas vivía en el pedregal y era especialmente severa, con sus vestidos negros hasta el cuello, sus biombos, su piano, sus relojes de péndulo. Luego, cuando era joven, los rebeldes y los académicos, sobre todo en el D.F. Pero antes de eso había sido Coyotepec: las casas de adobe, la sierra detrás como un biombo gigante, puesto ahí para ocultar la desnudez de los titanes y los volcanes. Ahí había pasado su juventud. Cada mañana tenía que levantarse a las cinco de la mañana para ir a la escuela. Al principio su padre lo llevaba en el auto hasta el colegio, después perdió todo interés en él… cuando se fue a vivir con una chica que conoció en la producción de su nueva película.
El tipo de enfrente se veía preocupado. Tenía en los ojos esa especie de película de lágrimas, parecida a una infección, que uno encuentra muchas veces en la gente del campo. De vez en cuando suspiraba profundamente y lanzaba miradas hacia el camino, o levantaba su cachucha para mesarse silenciosamente los cabellos. No debía tener más de treinta años, pero la pobreza le daba a sus rasgos un dejo áspero y arrugado. Sus dientes eran amarillos y desiguales.
_Buenas tardes _le dijo Agustín. _¿Cómo se llama?
Hilario lo miró desconcertado, arrancado de la profundidad de las cosas que pensaba de una manera tan repentina. De su hornazo. Había veces que la cabeza se le nublaba y todo su cuerpo se ponía caliente, como si estuviera dentro de un horno, y no podía más que pensar en una misma cosa: después de un rato el pensamiento podía sentirse como algo orgánico dentro de su cabeza, como una bola de hormigas moviendose de un lado para el otro. La mayoría de las veces eran preocupaciones de dinero.
_Hilario. _Le contestó con voz cascada.
_Hola _le dijo Agustín, extendiéndole la mano con una sonrisa. _Soy el nuevo maestro del pueblo.
Hilario lo vió de arriba abajo, sin ocultar su sorpresa. Había pensado que se trataba de un turista, de esos que a veces se desperdigan de sus grupos en Pátzcuaro o en el Paricutín y llegan hasta San Diego pensandoq ue todos los pueblos de por ahí son tan interesantes como los que acaban de ver. Para escuchar como habla la gente en otoní por megáfonos y para ver como funciona la gente en su estado natural, sin haber sido convertidos –todavía- en un espectáculo para turistas como las islas en día de muertos. “Aquí está lo mero bueno” decía Hilario cuando podía agarrar a algún turista para enseñarle el pueblo y ganarse unos centavos extra. “Aquí seguimos viviendo como vivían los abuelos de los abuelos de nosotros”. Por otro lado, no podía acordarse de la última vez que tuvieron un maestro en San Diego de Alejandría. La mayoría de los chamacos iban con Doña Hermenegilda en las mañanas y ella a veces les enseñaba a contar en el patio de su casa, y luego la gente le pagaba con frijol o con pescado. Ya estaba ancianita, la pobre y a sus hijos se los habían matado hace dos años en un pleito de tierras.
_Pero si ya ni escuela tenemos. _le contestó Hilario con una sonrisa desdentada y haciendo un gesto con la mano, de esos gestos que hace la gente cuando quiere decir “¿y ya pa’ qué?” pero de una manera alegre. El huacal que antes era la escuela ya no tenía ni paredes ni nada, los muebles estaba rotos y hasta había unos marranos en ese terreno… de uno de los hermanos Carranza.
Agustín dejó escapar una risa y le dio a entender que lo único que necesitaba estaba en la mochila que traía. Todo lo demás –paredes, muebles, etc.- no era importante. Pronto se daría cuenta de lo importantes que son esas cosas “inescenciales”.
El puesto lo había conseguido en una de las reuniones del cuerpo académico. Desde hacía mucho tiempo jugueteaba con la idea de irse a vivir a un pueblo lejos lejos. De ser maestro de primaria. Jamás habría podido hacerlo en la ciudad, mucho menos en una escuela privada, con los mocosetes petulantes que piensan que pueden tratar a los maestros comoa sus criados. En el campo pensaba poder encontrar un verdadero contacto con los niños… pensaba poder encontrar muchísimas cosas. Hay algo así como una voz que susurra todos los días en México cuando se pone el sol, y uno no puede escucharla en las ciudades. Uno tiene que irse muy lejos y aguzar el oído y entonces esas voz se derrama como un vaso de agua fría sobre las entrañas. Agustín había sentido eso cuando chico en Coyotepec, entre los tabachines y las bugambilias, cuando la inmensa casa estaba sola y las cortinas se mecían con el viento y el sol candente dela tarde le acariciaba las mejillas… entonces Agustín se sentaba en una banca de madera rústica, se desnudaba lentamente, cerraba lso ojos y escuchaba la voz del césped debajo de sus pies, del viento que atravesaba tantos y tantos kilómetros de despoblado, del olor del hueledenoche que empezaba a abrirse y todo le decía: “tú y yo estamos solos porque somos uno”. Esperaba volver a sentir eso. Pero le habían dicho que era imposible obtener una plaza de maestro si uno no era parte del sindicato. Al principio pensó que estaban bromeando con él: muchos de los maestros en el D.F. no pueden ni hablar y él, con su flamante doctorado de la Universidad de L., no podía tener la oportunidad de enseñarle algo a los niños… cuandos e dio cuenta de que así estaban las cosas abandonó su proyecto. Hasta esa noche en casa de Rodrigo Cuéllar. Ahí conoció de casualidad a una de esas mujeres que siempre duermen con académicos y siempre traen el cabello suelto, con bolsas caras importadas y vestidos típicos mexicanos, adornos prehispánicos en las muñecas y en el cuello… en fin, ya saben de qué tipo. Se llamaba Elvira Ávila y tenía contactos dentro del sindicato. Se tomó un par de tragos con ella, le contó sus planes y ella pensó que estaba loco, pero de ese tipo de locura que a las mujeres maduras les encanta encontrar en los jóvenes. Al día siguiente, Agustín tenía el puesto. Lo más probable es que ella esperaba algún favor sexual a cambio, o por lo menos una invitación a comer.
Lo primero que vió fue el lago y el campanario de la vieja iglesia sobresaliendo cerca de una de las orillas del cuerpo de agua. Habían inundado el pueblo viejo en la época de Calles en aras de algún proyecto hidroeléctrico que jamás se llevó a cabo, pero que involucraba ampliar el lago Catzinga y aumentar el caudal de los ríos aledaños.
_A veces todavía nos encontramos huesos y partes de los muertitos que estaban en el panteón flotando cuando salimos a pescar. _Le explicó Hilario. Esa era una de sus historias favoritas para contarle a los turistas. Por las aguas ocres del lago se deslizaban aún algunas pequeñas embarcaciones con esas redes que usan los pescadores en Michoacán que hacen que sus lanchas parezcan mariposas. A ésta hora difícilmente pescarían algo. En la madrugada pescaban apenas lo suficiente para comer y para vender algo a los vecinos; hacía muchos años que no lleveban pescado para venderlo al mercado de Uruapan. En las orillas más distantes del lago alcanzaban a distinguirse los contornos de otros pueblos, las sombras de otras iglesias. El aire límpido como la placenta de una madre virtuosa refrescaba los pulmones y la frente de los pasajeros de la camioneta y les permitía ver los sembradíos más lejanos, los cuales se extendían sobre los pequeños cerros de la orilla como una cuadrícula trazada con regla y escuadra. Una niebla finísima comenzaba a elevarse desde las aguas del lago.
_Mucho gusto en conocerlo, maestro _dijo Hilario, extendiéndole la mano al recién llegado una vez que la camioneta se detuvo frente al atrio de la iglesia del pueblo. Unas cuantas palomas caminaban sobre las lozas calientes del suelo, perezosas.
_El gusto es mío _le respondió Agistín. _¿Y ud. se llama?
_Hilario Gonzáles, para servirle.
_Oye, Hilario, ¿no sabes dónde puedo conseguir un lugar en dodne pasar la noche?
_Mhhh pues claroq ue puede pasarla con nosotros, en la casa… tenemos un cuartito que le rentábamos antes a un seminarista. Ahora ya se fue, por que el padre Falcón viene una vez a la semana a dar misa y a confesar y pues ya no necesitamos tener a un padre aquí de planta.
_Si puediera ser posible, te lo agradecería mucho.
_Espéreme aquí un ratito, maestro. Tengo que ir primero a avisarle a mi má y ya vengo y le digo, ¿si?
_Ok.
Hilario tomó los bultos del mandado, levantándolos con una agilidad que uno nunca habría esperado en una persona tan delgada y se echó a correr por el empedrado. La perspectiva de tener a alguien más viviendo en la casa lo emocionaba muchísimo. Se acordaba de los días en el que el seminarista David vivía con ellos. Uuuu pero ya habían pasado años desde eso. En las noches se sentaban alrededor de la mesa y el seminarista David les contaba sobre la novia que tenía en Morelia, y cómo había tenido que terminar con ella para irse de sacerdote, y cómo ella no había protestado, sinoq ue se había sentido feliz porque era la voluntad de Dios. Además, normalmente, su mamá Roberta se la pasaba todo el día viendo la tele, a todo volúmen y eso deprimía a veces a Hilario, sobre todo porque la mayor parte del tiempo la tele no se veía bien: a veces la imagen bailoteaba en la pantalla o los artistas se veían así como alargados o ensanchados o azules o rojos, y para compensar pues Mamá Roberta le subía muchísimo al volumen, a veces se escuchaba hasta la esquina de la casa. Pero cuando estaba el seminarista, mamá Roberta dejaba de ver la tele un rato para atenderlo. “Tiene cara de artista, como los que salen en las novelas” decía todos los días, con una sonrisa resplandeciente en su boca desdentada. Seguramente se iba a poner feliz de tener a otro fuereño en la casa. De esos bien educados que nunca le dicen “cállese pinche vieja” y que pueden escuchar todos sus pesares horas y horas. A veces, para dar a entender cuánto cuánto sufría, Mamá Roberta se salía al patio con los animales en la noche y se ponía a gritar “ayyyy diosito santo, ayyy diosito santo” toda la noche, y el seminarista nunca nunca se quejó. Hilario abrió la reja de madera y espantó a los perros que se acercaron a recibirlo; olía a frijoles y a tortillas y a chiles de comal. Su hermana María Mercedes salió con una tina llena de ropa para lavar en el río que estaba detrás del huerto. Así se llamaban sus hermanas: María Mercedes, Mariana, Victoria... Mamá Roberta les había puesto el nombre de la protagonista principal de la novela que hubiera estado de moda en los años en que nacieron.
_Mamá Roberta _gritó Hilario mientras dejaba los bultos junto a la puerta. _Llegó un nuevo maestro y necesita dónde quedarse.
_Pues tráegaselo. _le contestó Mamá roberta, parándose de su lugar junto al comal y limpiándose las manos en su delantal. _Ándele, muchacho pendejo, antes de que llegue la Lupe y nos lo gane.
Hilario salió de la casa corriendo y tropezándose con los perros que se metáin entre sus piernas, ladrando y dando de vueltas. Los árboles del patio estaban pelones y por todos lados se levantaba el polvo.
_Apurale que necesito que le lleves el guajolote a don Ignacio.
Agustín se había sentado sobre su mochila. Cerró los ojos y aspiró profundamente la quietud del pueblo. Había algo casi doloroso en la soledad de las calles de esos pueblos al atardecer, cuando el sol está cayendo. Instintivamente los habitantes se reúnen a tomar o a comadrear o a hacer cualquier cosa. Es la hora en que se abren los poros de la hierba y empieza a refrescar y algo sagrado se vierte desde el cielo sobre la tierra… se necesita ser muy fuerte para enfrentarlo. Uno puede llegar a sentirse tan abandonado… Como siempre a estas horas y en estas circunstancias se puso a pensar en mujeres. La tierra se vuelve una mujer helada y adormecida: así se mueve. Arriba, en el campanario de la iglesia, dos niños hablaban en el idioma del pueblo. Agustín tendría que aprenderlo. Se acordó de esas noches en Coyotepec, en casa de Andrea; era más bien una cabaña y estaba enclavada en la sierra. Siempre hacía frío y adentro de la casa olía a madera. Su tío era funcionario en el Banco de México y guardaba quién sabe cuántas cosas en baúles y maletas por toda la cabaña. También tenía una cava gigantesca, llena de licores buenos y malos –a esa edad por supuesto no podían distinguir y los consumían indiscriminadamente- que nunca parecía terminarse. Había una mesa de carambola y vitrales y unas mesas largas con unos asientos de cuero que hacían juego. A veces compraban muchísima mariguana (“de esos tabiques que salen en las noticias” decía Andrea riendo cada vez que compraba uno) o, si era época de lluvias, salían a buscar hongos. Y así trataban de acallarlo todo: su apariencia desaliñada, la tristeza de sus ojos, el saber que no encajaban en ningún lado excepto en esa cabaña abandonada y enclavada en la sierra en donde siempre hacía tanto frío y repicaba sin cesar la grabadora destartalada.
Caminaron hacia la casa con los ánimos en alto. Agustín empezaba a darse cuenta de lo precipitada que había sido su partida, de lo impulsiva que había sido su decisión y lejos de amedrentarlo, las perspectivas lo emocionaban. Le encantaba la idea de vivir con Hilario, de ver todos los días éste campo y ésta gente y ésta iglesia y éste lago.
_Va a ver, maestro. Tenemos el mejor cuarto de todo el pueblo… hasta un radio tiene.
Hilario no paraba de hablar y de preguntar cosas. Quería saber si Agustín estaba casado, si tenía novia en la ciudad, si le gustaría conocer a sus hermanas, etc. Todas casaderas, todas muy buenas muchcachas.
_¡Orale, pinche Hilario! _gritó un tipo desde una esquina, dando un par de pasos hacia él para asustarlo como a los perros. Varios tipos estaban reunidos alrededor de uno de los únicos focos que conformaban el alumbrado público de San Diego de Alejandría, tomando cerveza.
_No les haga caso, maestro. Cuando se ponen borrachos a veces se ponen bravos, pero nada más se pelean entre ellos.
Hilario abrió la reja para dejar pasar al nuevo maestro. Mamá Roberta salió de la casa atropelladamente.
_¡Buenas tardes, maestro! Aquí le estamos haciendo de cenar. _gritó y_ orale, Hilario, ve a enseñarle su cuarto y traete la vajilla buena de allá atrás. ¡Córrele!
El cuarto en cuestión estaba en el patio trasero. Tenía su propia letrina al lado, mosquiteros y estaba pintada de verde desvaído.
_La puerta no tiene candado _le dijo Hilario mientras entraban al cuarto, el cual olía a humedad y a encierro. _pero no se apure, nadie va a entrar a manosear sus cosas. Los perros lo cuidan, son muy bravos. _Y diciendo esto se agacho para juguetear con uno de los perros que no dejaban de ladrar y caminaban por toda la habitación moviendo la cola. _Este se llama chamizo.
Había una cama con una sábana y una almohada vieja, un armario desvencijado, una silla de plástico y un calendario de 1997 en la pared. En la pared la humedad había hinchado la pintura en varios puntos.
_Muy bien _dijo Agustín, acariciando distraídamente la cabeza de uno de los perros. A lo lejos se escuchaba el cacareo de las gallinas.
_Puede bañarse allá atrás… el agua hay que calentarla con leña, pero yo como sea caliento agua todas las mañanas y si es tempranero le puedo dejar el agua lista antes de irme a la labor.
Hilario lo miró en silencio un par de minutos con sus ojos brillantes y su sonrisa desdentada y después se disculpó para ir a ayudarle a su mamá a poner la mesa. Los perros los siguieron sin disminuir el revuelo y los ladridos y el movimiento. En el calendario de la pared podía leerse: “Feliz año 1997 les desea su carnicería Hermanos Aldama de Uruapan, Michoacán”. El arlequín de Picasso adornaba el calendario. Un escalofrío recorrió la espalda de Agustín; cuando era niño su abuela le había dicho que esa pintura era tan, pero tan triste, que mucha gente se había suicidado después de verla. Agustín se había asustado tanto después de escuchar eso, que siempre volteaba la cabeza cuando pasaba por el pasillo de la casa de la abuela en el que colgaba la litografía, por miedo a verla y sentir ganas de suicidarse el también.
En el armario había un par de ganchos y dos cajones. Uno de los cajones no estaba vacío: adentro había una biblia enmohecida, varias estampas religiosas y un rosario. Agustín tomó la biblia con curiosidad: se veía muy gastada, como si alguien la hubiera estudiado intensivamente. Era una edición académica. Varios párrafos estaban subrayados y había muchas anotaciones en lápiz en los bordes. En la primera página estaba escrito con loq ue parecía ser un crayón rojo: “y hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él”. Agustín cerró la biblia y caminó hacia la ventana. La tierra se oscurecía, pero la noche hervía en vida: cigarras y grillos empezaban a cascabelear entre la hierba, la inquebrantable sinfonía de la Naturaleza. En Europa había extrañado los sonidos de la noche. Le habían dicho que extrañaría la comida, que iba a sufrir por el frío y la nieve, pero nada de eso le afectó. Sólo el silencio de la noche. En México la noche está siempre viva y cálida: es una prolongación del día. A veces, uno puede casi sentir los rayos del sol sobre la piel a media noche. Recordó los días que pasó en el noviciado. Fue un lapso de locura el que le hizo creer que realmente estaba hecho para esa vocación. Tal vez fue nada más el impulso de escandalizar a sus padres y amigos. Al final no pudo soportar lo repetitivo del asunto: asistió por primera vez a una ceremonia litúrgica a los 23 años, y la experiencia lo mantuvo en algo parecido a un trance… no podía creer quela gente permanecise impávida ante un misterio semejante. Después de asistir todos los días a la misma ceremonia y de repetir las mismas oraciones interminablemente día tras día decidió dejar el noviciado en Puebla antes de que todo perdiera definitivamente el sentido. Lo cual no quería decir que aquel año hubiera pasado en vano: recordaba con cariño los jardines del convento y los libros con los salmos y el olor a incienso. Y los vitrales de la iglesia pintando el suelo con la luz de la mañana. Y las bancas de madera burda. Eso era para él la religión: la madera burda, el olor a café rancio y a gente que lleva días y días sobre los libros y en oración, las alfombras y los pasamanos gastados, ¡la terca renuencia a cambiar las cosas viejas por algo nuevo! Tal vez empezaría a asistir a misa. Si los sermones del padre local no eran demasiado aburridos. Si no, podría salir a fumar durante el sermón.

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